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Jean Victor y el Misterioso e Incansable Mago del Ritmo Llamado JB

En la Baja Normandía conocí a JB. Bueno, antes de conocerlo personalmente algo ya sabía porque Jean-Víctor, en el supermercado, había echado al carro 6 litros de leche para JB. “Es que solo bebe leche”, y me dio la risa cuando lo dijo aunque reconozco que no supe bien qué era lo que quería decirme, no había comprendido yo del todo la situación.

Jean-Víctor era, además del anfitrión, un francés excéntrico con cara de espadachín que tocaba buenas fibras conmigo. Entre calvados me contó que JB solía almorzar en comedores para desamparados a diario, que solía tocar el “doblebass“ con él porque le ponía la cena, y que el hombre no tenía comparación con otro ser humano en este planeta, que era un contrabajista único, verbenero, un contrabajista de cuidado… que ya lo conocería.

Bien. En el salón principal del “Caserón” nos conocimos con JB. Daríamos un concierto para los campesinos de Argenton-Sur-Mer, y yo tocaría con el Trío de Jazz Adrien Faurè, banda integrada por Jean-Víctor, JB y el mismo Adrien, quien paradójicamente era el menos destacado del grupo al estar en el medio de estos dos personajes de cuidado. Se organizó para la primera noche una tertulia de música, vinos y comida de campo, y en los entreactos nos retirábamos con los músicos a los camarines del Caserón, que era inmenso y que antes había sido una vieja escuela francesa. Ahí mismo JB, con su cara de mono y sus harapos colgando, liaba cigarrillos y bebía su vaso siempre lleno de leche. Sus dientes eran grandes y enteros, su lengua creaba una conversación ensoñadora y reservada. Conocía, aún no me explico el motivo, a un solo hombre americano: al maestro José Raúl Capablanca. No tuvimos una conversación relevante sobre ajedrez. No sabía quién era Maradona, ni Fidel Castro, ni Obama.

JB tocaba el contrabajo. Solo eso. Y algo notable: no tenía noción de principios y finales, o le importaba un pito empezar y terminar. Después de haber acabado este concierto, después del saludo final, él se quedó tocando solo una larga hora extendida en la que el público y la gente del lugar se retiraron mirándolo desconcertados. Luego apoyó su contrabajo negro en el suelo y se rajó a beber leche, fumó, conversó un poco y regresó al escenario a manosear a su novia gorda otra vez. Yo un rato lo seguí, tocamos unos temas (sin sonido amplificado, ya estaba todo desconectado) y me retiré.

Y serían acaso las tres de la madrugada cuando me fui a dormir al cuchitril. Como el Caserón estaba ocupado y organizado por los artistas del pueblo, me habían improvisado una cama en una vieja aula del primer piso. A las 6 de la madrugada me desperté con un frío de mil demonios y pude oir cómo JB seguía tocando en el salón principal. Me tapé con unas camperas seguí durmiendo. A las 8 de la mañana amanecí enrollado pero pum para arriba, y es que duermo poco cuando estoy en gira. En un buen desayuno de café, queso y delicias normandas pensaba cuando, al incorporarme, percibí las vibraciones del siniestro contrabajo. Era como Tiburón ese contrabajo. Y el sonido no venía desde la planta baja sino desde algún sitio del segundo piso pues el techo, y no el piso, vibraba grave. Me vestí, subí unas escaleras de paredes mohosas y sucias, crucé un pequeño basural de papeles y cartones, me acerqué a una puerta vieja de madera, miré por la cerradura y pude ver a este loco todo cubierto de mantas tocando el contrabajo, practicando escalas mayores y con la mirada clavada en el ventanal ahí justo donde se reflejaba el sol.

RE MI FA SOL LA SI DO RE DO SI LA SOL FA MI RE

PUM PUM PUM PUM PUM PUM PUM PUM PUM

Bajé a desayunar. Comimos quesos como reyes y salimos a pasear con Jean-Victor. Almorzamos con vistas a Saint-Michel, visitamos la casa natal de Jean-Baptiste Belin. Regresamos al Caserón, yo decidido a ordenarme y a buscar ropa para una ducha, para quitarme la noche anterior de encima. Crucé el salón, trepé las escaleras y otra vez el walking, ahora mas lento, se puso delante de mi, el mismo que había estado practicando JB toda la mañana. Ahora las notas se ligaban a una velocidad alarmante, lentísimas.

REEE  MIII  FAAA  SOOOL  LAAA

PUUUM  PUUUM  PUUUM  PUUUM

Supuse que JB estaría tocando en un estado de vigilia, atontado, adormecido. Me bañé bajo un hilito de agua tibia, me di a la siesta. A las 17, mientras estaba acostado leyendo, escuché que Jean-Víctor subió a decirte a JB que basta, que pare la moto, que debíamos llegar al centro de Caen a dar el último concierto, y pues… ¡había que dejar de tocar en algún momento, hombre!

Y así lo hizo. Fuimos en dos coches y dimos el segundo concierto en Caen, en “El Camino”. Fantástica sala. Fue un deleite tocar nuevamente con ellos, ya había confianza, musicalidad y JB estaba aceitadísimo. El sonido le salía del cuerpo, el contrabajo era ahora una ballena gigante, un animal prehistórico tonante, sin tiempo, un bostezo grave y pulsado. En el entreacto me dijo que había encontrado el arreglo que le faltaba para un tema mío y que luego del concierto podíamos ir a grabarlo al estudio de Adrien. Me pareció bien, quedamos en ver cómo se daba la noche y ya.

Pero claro, como era de esperar, al finalizar el espectáculo en Caen a JB no había forma de sacarlo del escenario.

Los empleados del boliche, ya ordenando las mesas y barriendo la sala, se me vinieron a quejar a mi, que estaba en el bar bebiendo y que apenas si entiendo el francés de ciudad, porque parece que JB les sonreía y seguía tocando, no podían comunicarse con él, y creo que le tenían un poco de miedo en el fondo. Yo me fui a la vereda a contemplar la enorme Eglise S-M de Vaucelles, que está justo al frente y es hermosa, donde me crucé al solitario Adrien que estaba sentado en un escalón, pensando algo o pensando en nada. No le hablé, no lo molesté, qué trío más simpático, pensé, y seguí unos metros hasta el campanario.

El boliche cerró sus puertas y en un rato la esquina quedó negra y vacía de tanto domingo, no quedaba nadie, hacía mucho frío, y se escuchaba a JB retumbante adentro. Simon, el dueño bigotudo de “El Camino”, dijo en la vereda un tanto exaltado que iba a dejar encerrado al “cara de mono” y que no le importaría llamar a la policía. Jean-Víctor corrió a buscar al coche unos cartones de leche, no quise imaginar para qué. Y no sé qué resolvieron ni cómo habrán persuadido a JB para sacarlo de ahí porque nosotros nos fuimos a una casa cerquita y calentita que nos ofrecieron, a la mañana siguiente tomamos un tren de cercanías y ahora estamos yendo hacia otras latitudes. Difícil será que volvamos a vernos.

Adiós Jean Víctor.

Adiós solitario Adrien.

Adiós misterioso e incansable mago del ritmo.

Adiós amigos.

– Escrito por Javier Maldonado 

 

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